AÑOS DE PLOMO de kepa Bilbao

Hacía tiempo que no subíamos un nuevo texto al blog de la Transición. Eso no significa que el estudio de este periodo no siguiera su curso y no estuviera de actualidad. Al contrario, la Transición está sirviendo para que muchos se sitúen retrospectivamente en bandos aparentemente  irreconciliables: los que levantan la bandera negra del régimen del 78 identificándolo como algo fatal, entre los que se encuentran algunos de los que más hicieron por descarrilar aquel proceso, y los que habiéndose resistido al advenimiento de la democracia defienden ahora,  con uñas y dientes, el statu quo del 78. A ambos banderizos la Transición les sirve de coartada para blanquear su pasado y para justificar sus responsabilidades en el desarrollo de la democracia actual.

Como ya se dijo en el libro, La calle es nuestra. La transición en el País Vasco (1973-1982) ni lo uno ni lo otro es así. Como escribía Gaizka Fernández Soldevilla: “Tanto la idealización como la demonización de la Transición responden a una visión parcial”y, como también expuso el catedrático de Historia, Antonio Rivera, en el prólogo de aquel volumen: “No estábamos solos y no lo vimos”.

Pero ahora nos toca hablar del libro de Kepa Bilbao, Años de plomo. La excepcionalidad vasco-navarra en la Transición. 1975-1985, editado por Gakoa y que vuelve sobre el recurrente tema. En mi opinión de interesado por el tema, este de Kepa Bilbao es uno de los mejores relatos sobre la Transición vista desde Euskadi. Sus más de trescientas referencias lo validan de partida como crónica detallada y extensa de una década que sienta las bases de la actual democracia. El autor, sin esconder su perspectiva personal –militante entonces de la izquierda radical, en concreto del EMK-, hace un recorrido preciso y riguroso sobre los principales acontecimientos y procesos que posibilitaron la democracia en España.

Habitualmente, lo mejor que se puede decir de un libro es que, además de profundo, es entretenido. Años de plomo se lee con facilidad, pero sin perder un ápice de la calidad que se exigiría a un relato de una parte tan crucial de nuestra historia reciente. Es un libro del que disfrutarán los que vivimos ese tiempo, años oscuros, violentos y trágicos, a la vez que esperanzadores. Pero también resultará de interés y utilidad para los más jóvenes, porque con sus páginas podrán comprender mejor los orígenes de nuestra convulsa democracia, para algunos despreciada ahora bajo la denominación de “régimen del 78”.

Si leen el libro de Kepa Bilbao comprobarán que es de una frivolidad, ignorancia o maledicencia interesada denominar así al resultado de la lucha heroica y desinteresada de tantos jóvenes y trabajadores que se dejaron la piel por reconquistar los derechos democráticos arrebatados por la dictadura. Para régimen ya tuvimos el de cuarenta años de dictadura del general Franco. Tampoco para muchos de nosotros el resultado fue  el deseado, pero si leen el libro tendrán todos los datos para saber por qué y cómo se desarrollaron los hechos. Lo que vino después es otra historia. Pero teníamos y tenemos clara la diferencia abismal entre dictadura y democracia, sin renunciar nunca a la mejora de esta segunda.

El libro se centra en el ámbito vasco y ahí consigue alcanzar toda su profundidad, abordando con agudeza cuestiones como las que siguen.

La importancia de los movimientos sociales en la lucha por la democracia

“La extraordinaria movilización que se vivió tras la muerte de Franco supuso la permanencia, consolidación y reforzamiento de los movimientos obrero, estudiantil y vecinal, así como el florecimiento de otros nuevos como el feminista, gay, euskaltzale, antinuclear y el antimilitarista, proponiendo cambios sociales para el conjunto de la sociedad” (p. 77).

El complejo escenario político del País Vasco de finales de los 80

“El movimiento obrero y popular radical vasco-navarro, que gozó de un potencial organizativo y movilizador creciente en fábricas, barrios, pueblos y universidades, corrió parejo al asentamiento progresivo de las nuevas instituciones democráticas y del autogobierno vasco. Todo ello en un escenario de violencia cotidiana provocada por la existencia de ETA, la desmedida respuesta de las fuerzas policiales…” (p. 107).

La valoración de la Constitución del 78 desde la perspectiva de los logros obtenidos

“Hay que reconocer que muchas reformas sociales, incluidas la mejora de las condiciones laborales de los trabajadores, la conquista y el avance de los derechos igualitarios entre las mujeres, el aumento de la conciencia antinuclear y medioambiental, la sensibilidad antimilitarista, y el reconocimiento de la diversidad lingüística, se lo debemos a la persistente movilización social de estos años. Es más, tal vez, si no se hubiera dado esta y con la intensidad en que se dio, la democracia se hubiera hecho esperar. En todo caso, la Constitución española de 1978 amparó algunos de estos derechos, aunque, visto desde la perspectiva de los movimientos sociales, otros se quedaron fuera” (pp. 107 y 108).

La cuestión de la legitimidad de la violencia política

“En el ambiente de la época, resulta no solo normal, sino que se ve como eficaz y necesario, recurrir a la violencia para obtener logros políticos. Esta era una posición compartida en el pasado siglo XX por amplios sectores de la izquierda. El grueso de la oposición antifranquista no veía aún a ETA como una banda terrorista según los parámetros éticos y políticos actuales…” (p. 111).

Las elecciones del 79 y el declive de la izquierda radical

“Una izquierda que la componían un ramillete de pequeños partidos, que en total pudieron contar con 20.000-25.000 militantes, en su mayoría bastante jóvenes…, marcados por la épica revolucionaria, impacientes, ingenuos, generosos y decididos, con un patrón militante común forjado en unas condiciones de represión, clandestinidad y aislamiento propios de la dictadura franquista…” (p. 200).

Estas y otras reflexiones similares son las que se muestran en sus casi trescientas páginas de recorrido por la Transición. Cuando un libro es tan sugerente como este, cada lector saca sus particulares conclusiones. Como esta no es una reseña al uso, yo apunto aquí algunas de las mías:

No creo que sea casual que el libro acabe con la mención a las jornadas que la asociación Cultura Abierta organizó con motivo de la presentación del libro La calle es nuestra. Participaron en ellas tres acreditados representantes de la izquierda radical: Eugenio del Rio, Paquita Sauquillo y Txema Montero, y, al igual que en el libro de Kepa, en sus análisis sobre aquel proceso histórico una de las reflexiones principales fue la referida a la influencia de la violencia política en esa cultura. Para el interesado en aquellos debates están todavía disponibles en el canal de Youtube de Cultura Abierta. Allí, la declaración más impactante, para mi gusto, fue la de Montero, haciendo autocritica de su principal error: considerar la violencia política como una herramienta útil para los cambios revolucionarios. Pero ni fue útil, ni fue fútil, como bien se deduce de la lectura del libro Años de plomo. Como bien decía Montero, no se tuvo en cuenta que la utilización de la violencia suponía el sacrificio de personas. Y para mí, esta es la principal lección que se extrae de la lectura del libro.

La otra gran enseñanza del análisis histórico de esta década (1975-1985) y años posteriores es que la tensión entre nacionalistas y no nacionalistas, a pesar de las ventajas que daba a unos la violencia de ETA, no acabó con la pluralidad vasca, que subsiste, a pesar de todo, viva en los estratos más básicos y firmes de la sociedad, impermeable a la constante intención homogeneizadora. En ese sentido, el logro y desarrollo del Estatuto de Autonomía, bien descritos en este libro, sigue siendo hasta la fecha el mejor lugar de encuentro de la mayoría de los vascos.

Mikel Toral

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